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Pasó de tocar en la peatonal de Rosario a dar clases de bombo en Moscú

 

De chiquito, la música de Peteco Carabajal lo cautivó. Estudió, se formó, cruzó fronteras y, en Rusia, su vida dio un giro impensado.

Aunque en su familia nunca hubo folkloristas, ni músicos, ni bailarines, el destino quiso que una tarde de otoño Maxi Ojeda (30) se topara con la magia de un CD de Peteco Carabajal. El éxtasis fue inmediato en cuanto la música comenzó a sonar. Maxi, que era un niño inquieto y en esa época estaba dando sus primeros pasos, se sintió hipnotizado por el sonido de la voz y los instrumentos del compositor y cantor argentino. Casi de forma automática se quedó sentado en silencio frente al equipo de audio y, en cuanto la música cambió, volvió a jugar como siempre. Fue así que su mamá descubrió que la música de Carabajal calmaba a su pequeño hijo. “Desde chiquito conecté con esa música y, cuando tenía 3 o 4 años, también me empecé a interesar por el baile típico. Pero nadie me quería enseñar porque era muy chico hasta que mi familia encontró un taller de folclore en la escuela Las Heras -la misma escuela a la que asistía Lionel Messi- y así comencé a bailar”.


La casa de la familia de Maxi, ubicada en un barrio al sur de Rosario, estaba bastante alejada del centro, por lo que las propuestas culturales casi no llegaban. Solo el fútbol se veía y practicaba por doquier. Y quizás fue esa la razón y la oportunidad por la que Maxi se convirtió en autodidacta desde temprana edad. “Después de volver de la escuela, el ritual de mis tardes era poner música y tocar con lo que encontrara en el patio: baldes de todo diámetro, chapas, tarros y tachos de metal y plástico que siempre encontraba en el taller de mi abuelo. Así fui aprendiendo a escuchar, a reconocer los errores y a tratar de corregirlos. Una tarde me corté tres dedos golpeando con las manos unos tachos oxidados de 200 litros y me llevaron al hospital. Ahí me pusieron la antitetánica y, el mal trago trajo como consecuencia un bombo de regalo”.

Ese mismo año la familia hizo un viaje a Santiago del Estero. Maxi sintió que estaba en Disney y, a partir de ese año, sus vacaciones fueron en esa provincia. Era tal la fascinación que tenía por el folclore que recién conoció el mar a los 25 y la nieve a los 29 años. “El bombo es un instrumento poco valorado en Argentina, tal vez sea porque es un instrumento muy popular, o porque forma parte de la identidad del provinciano, de la gente del interior. A veces, en las ciudades grandes no se le da el valor, ni el lugar que el bombo se ha ganado en nuestra historia, nuestra cultura”.

Con la música a otro lado

“Me di cuenta de que estaba regalando mi tiempo en un trabajo donde ganaba bien pero no era feliz. Claramente yo no era un camionero, era músico y en 2015 me prometí a mi mismo que viviría de la música o moriría en el intento”.
“Me di cuenta de que estaba regalando mi tiempo en un trabajo donde ganaba bien pero no era feliz. Claramente yo no era un camionero, era músico y en 2015 me prometí a mi mismo que viviría de la música o moriría en el intento”.

Cuando Maxi cumplió los diez, su familia decidió dejar la zona sur de Rosario, ya que se volvía cada vez más peligrosa, y mudarse a Pueblo Esther (10 km al sur de Rosario). Una vez más, allí todo se hizo cuesta arriba para él: primero por la distancia al centro de la ciudad y, más adelante, por la crisis de 2001.

Cuando terminó la secundaria, Maxi buscó una carrera dentro de la educación formal donde el bombo legüero (debe su nombre a la característica que se le supone, la de poder ser oído incluso a una legua de distancia) estuviera presente dentro de la currícula. La única que cumplía con ese requisito era la del Profesorado de Artes en Danza con itinerario en Danzas Folklóricas y folclore. Completó sus estudios mientras trabajaba en una empresa de transporte. Pero necesitaba más. Entonces, cuando se abrió la cátedra de Percusión Latinoamericana en el Profesorado de Música, apostó todo a su sueño y se dedicó exclusivamente a estudiar música, a enseñar y a trabajar solo con la música. “Me di cuenta de que estaba regalando mi tiempo en un trabajo donde ganaba bien pero no era feliz. Claramente yo no era un camionero, era músico y en 2015 me prometí a mi mismo que viviría de la música o moriría en el intento”.

Ese mismo año el valor de la moneda local se desmoronó, una vez más. Los vaivenes de la economía le hacían sentir a Maxi el rigor de la decisión que había tomado. Pero él tenía claro que quería recibirse y enseñar. “Fueron años durísimos, recuerdo que estuve un año entero sin heladera porque se me rompió y se me hacía imposible comprar otra. Comía arroz, fideos y salchichas pero era feliz, había encontrado mi camino, por donde ir. Y ese fue un nuevo comienzo, el momento donde todas las experiencias comenzaron a tener sentido, un por qué y un para qué”.

Santiago, cuna de maestros

Maxi recibió una propuesta formal para trabajar por tres meses en Moscú. “Después de recibirme armé las valijas y me embarqué en la aventura de entender por qué el folclore argentino es tan popular en Europa y Rusia”.
Maxi recibió una propuesta formal para trabajar por tres meses en Moscú. “Después de recibirme armé las valijas y me embarqué en la aventura de entender por qué el folclore argentino es tan popular en Europa y Rusia”.

En 2017, como todos los veranos desde su infancia, viajó a Santiago del Estero. Pero, esta vez, había una carga emocional extra que lo empujaba a seguir insistiendo en su cometido. Después de tantos años de formación académica y de bagaje cultural por los escenarios del país, sintió que era el momento de compartir todo lo aprendido y vivido en el Patio del Indio Froilán, lugar emblemático para todos los bombistas del mundo, es casi un santuario del bombo y donde el luthier santiagueño que da nombre al espacio, da vida, entre otros, a los bombos de Shakira y Chayanne.

Allí Maxi dio forma a lo que llamó el “ensamble del patio”, una composición para bombos que, cada domingo, al mezclar diferentes técnicas de dirección, resultaba en un variado repertorio de toques folklóricos. “Una tarde llegó un grupo de rusos y mi sorpresa fue grande cuando se acercaron al patio a ensayar y recrear movimientos que habían visto el fin de semana. Almorzamos y me contaron que se iban a llevar tres bombos a Rusia. Les ofrecí que tomaran una clase para que nunca se olvidaran que el bombo es un instrumento musical y no un objeto decorativo, que el bombo los iba a conectar siempre con ese patio, con la Argentina y con la tierra aunque se encontraran del otro lado del mundo”.

Los rusos quedaron encantados con la clase la clase que les había dado Maxi y, a partir de ese momento, comenzó entre ellos un contacto que más adelante rendiría sus frutos. En 2019 luego de haber repetido la experiencia de las clases de bombo y entrenamiento rítmico corporal en Rosario y Buenos Aires, Maxi recibió una propuesta formal para trabajar por tres meses en Moscú. “Después de recibirme armé las valijas y me embarqué en la aventura de entender por qué el folclore argentino es tan popular en Europa y Rusia”.

Todo fue mágico desde el primer momento. En el primer festival en el que participó con sus clases, conoció a Natalie. Fue amor a primera vista. Ella hablaba un poco de español, Maxi un poco de inglés y usaban el traductor del teléfono celular para entenderse. Al poco tiempo se casaron. En Moscú era verano y la vida de Maxi se transformó en una película. “Por suerte el trabajo no fue un problema, porque aquí dentro del ambiente folklórico ya era un profesor reconocido y aproveché la cercanía de Europa para viajar y difundir mi trabajo por diferentes países como Alemania, Italia o Ucrania. El problema vino con la pandemia y el cierre de las fronteras”.

Reinventarse en pandemia

Una vez más, el joven argentino tuvo que ingeniárselas para seguir adelante. Así, en esos meses de aislamiento nació Mundo Bombo, un proyecto que busca llevar el bombo legüero a todos los lugares del planeta a través de la educación online. Tiene por objetivo llegar y conectar a todos aquellos que habitan el mundo legüero, darle un espacio, visibilizar sus trabajos, mantener informada a la comunidad sobre lo que ocurre en el ambiente y lograr que se convierta en un espacio de referencia para aquellos que buscan, investigan y aportan a difundir el instrumento.

“Es lo que me hubiera gustado tener a mí cuando yo quería aprender pero no había nadie ni nada cerca. El camino de la percusión en Argentina tiene sus curvas, cuando yo inicié mi formación, este camino se parecía más a un laberinto. Hice muchos viajes, dos carreras terciarias, seminarios y clases privadas con diferentes referentes de Argentina y Latinoamérica, invertí mucha energía, mucho tiempo, y me hubiera encantado encontrarme con un lugar como este”.

Emocionado, confiesa que la pandemia le dio la posibilidad de acercar a cada casa sus clases, y eso hoy le permite soñar con regresar a Argentina y trabajar desde allí. “Cuando uno está tan lejos, entiende y valora mucho más todo lo que es cotidiano y normal como ver el sol al menos unos días en la semana. Vivir afuera te da la oportunidad de mirar con otra perspectiva la vida. Uno no sabe nunca a quiénes puede llegar, pero yo tengo la esperanza de que somos muchos, que hay mucha gente como yo, con las mismas ganas de aprender, de enseñar, de vivir de lo que nos hace feliz, de lo que nos alegra y nos llena de amor”.

Fuente: LN

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