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La Arqueología de Catamarca en el Bicentenario de la Autonomía

 

La construcción del conocimiento del pasado indígena en estos 200 años de autonomía de Catamarca.

La mayor parte de las historias y periodizaciones de la arqueología han priorizado una noción de sentido común político según la cual las producciones, selecciones y adscripciones teórico-metodológicas que primó, deben comprenderse en razón directamente proporcional a la realidad social y política que las acompañó. Por eso también hay que tener en cuenta que  los años de regímenes no democráticos eran sinónimo de estancamiento o retroceso en la producción académica, mientras los de regímenes democráticos quedaban asociados al avance y la innovación teórica disciplinar.

La primera empresa arqueológica va a estar en relación bajo las características políticas de la época, dadas después del asesinato del Peñaloza y la derrota de Varela, aniquilando las posturas Federales del NOA y donde la visión unitaria de la Argentina prevaleció en la expresión historiográfica mitrista. Sumado a ello el ingreso de varios naturalistas que visitan la región describiendo sus paisajes, poblaciones, producciones, etc., dentro de la lógica de expansión imperialista inglesa.

En este contexto es que se desarrolla la primera expedición realizada por Liberani y Hernández en 1877 en las inmediaciones de la localidad de Santa María en la provincia de Catamarca, siendo también considerada como la primera del país. El objetivo principal fue recolectar fósiles paleontológicos para la colección del museo de ciencias naturales de Tucumán, pero su atención se desvió al contemplar las vastas ruinas de fortificaciones que aún quedaban en pie en el valle de Yocavil. Luego continuaron aquellas expediciones que provienen de los ámbitos urbanos académicos (Buenos Aires, La Plata), Moreno, Uhle, Ambrosetti, Debenedetti. Bruch.

Los estudios científicos se focalizaron principalmente en los actuales departamentos de Santa María, Andalgalá, Pomán, Belén, Antofagasta de La Sierra y Tinogasta y se remontan a fines del siglo XIX. Este interés en el pasado prehispánico estaba centrado en rescatar eventos materiales de los “Calchaquíes” que mencionaban las crónicas de la conquista y que habían protagonizado cruentos enfrentamientos con los españoles.

La tarea de narrar la historia prehispánica se volvió un asunto de interés en las elites locales. Reflejar el heroico pasado de los nativos resistiendo a la conquista europea que contaban los documentos fue resaltado por historiadores como Soria (1891), quien enfatizaba con admiración el valor de “los calchaquíes” que lucharon cruelmente por mantener su “independencia”. Espeche, por su parte, rememoraba el valor de las “tribus calchaquíes”, especialmente de los Quilmes que se arrojaban junto a sus hijos a los pedregosos precipicios antes de vivir en servidumbre. 

El relato de las guerras entre europeos y nativos que narraban las crónicas fue el centro de atención de las expediciones arqueológicas, que buscaban escribir la epopeya calchaquí de resistencia contra el español a través de sus restos materiales. El conocimiento de este pasado era escaso y estaba referenciado principalmente en los documentos escritos y las crónicas referentes al primer tiempo de ocupación europea. La atención a los vestigios materiales estuvo centrada en los departamentos del oeste provincial, dejando de lado los departamentos del sector este donde, con notables excepciones, las expediciones nunca le prestaron importancia al pasado prehispánico.

Hacia fines del siglo XIX, en Catamarca se van a destacar las figuras de Lafone Quevedo, Adán Quiroga, Eric Boman, que estudiaron documentación colonial, y fueron adicionados también con el estudio de los abundantes restos materiales existentes y las ruinas de sus antiguas poblaciones.

Adán Quiroga abocado a una historia heroica, principalmente del relato existente de las guerras calchaquíes, dedicó su vida a excavar y estudiar ese “pasado calchaquí”. Concretamente excavó y estudió en regiones denominadas calchaquinas (Andalgalá, Belén, Tinogasta, Pomán, Santa María y de Tucumán), visitando las ruinas de (Anfama, Shincal, Fuerte Quemado, Quilmes, Pajanco y Tuscamayo, La Troya, Etc.). Cabe destacar que Quiroga trabajó en expediciones financiadas y provenientes de los centros urbanos (Instituto Geográfico Argentino), conjuntamente con otros colegas de la capital del país. 

 Lafone Quevedo: sus trabajos vinculan los estudios arqueológicos, lingüísticos, folclóricos, etc.; excavó preferentemente en la zona de Andalgalá (Chañar Yaco) y alrededores, aunque también lo tenemos referido en Pajanco y Tuscamayo, en Pomán, tan solo 1 año después que la expedición de Adán Quiroga. 

Y Eric Boman (sueco), lo destacamos como local porque los primeros datos que tenemos al respecto es que daba clases en el Colegio Nacional de Catamarca hacia aproximadamente 1892-1893. En Catamarca es donde traba amistad con Adán Quiroga. Probablemente de esa amistad es donde se interesa por el pasado prehispánico, siendo sus primeras excavaciones entre 1892-1899. Boman será contratado por una misión sueca en 1901, bajo el mando de Nordenkiöld, fruto de esta expedición escribirá su libro magistral “Antiquites de la Region Andine de la Republique Argentine et du Desert D`atacama” , 1908.

Por otro lado, en esta época destacamos que este auge que se da por lo arqueológico, va a despertar un gran interés en la población provinciana, ya que existen muchos relatos en fuentes locales, donde se detallan exploraciones o también donde gente del interior de la provincia “descubre” sitios y pide que acuda la ciencia a explorarlos. Las referencias primeras en torno a las ruinas arqueológicas de Pajanco y Tuscamayo las poseemos de Estratón Gómez, un vecino del departamento Pomán, quien menciona en 1899 un importante “descubrimiento” arqueológico en los alrededores de Mutquín. Refiere Lafone Quevedo en su artículo (1902) que se comunicaba con un vecino de los alrededores de Pomán, el señor Estratón Gómez, propietario de unas tierras en la zona, donde había una variedad de ruinas de indios en sus campos.

En la década de los 30, arriban las tradiciones centro-europeas como el difusionismo histórico-cultural, con la llegada a la Argentina del etnólogo italiano José Imbelloni. Impulsor de la Americanística, Imbelloni encabezó una prolífica actividad profesional en universidades y museos nacionales, en clave difusionista.

Hay que destacar en este tiempo, la investigación que realizó Odilia Bregante, proponiendo una clasificación y ordenamiento distribucional de objetos, que permitió tener una idea ampliada de los materiales arqueológicos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, hicieron su arribo a Buenos Aires otros exponentes del difusionismo, como Menghin y Bórmida quienes con su marco teórico impactarían en los estudios de nuestra provincia.

Equipo de arqueólogos durante una excavación en el norte de Catamatca.

Tras el derrocamiento en septiembre de 1955 del segundo gobierno de Juan Domingo Perón, por la autodenominada “Revolución Libertadora”, en el estricto campo intelectual, las nuevas medidas se orientaron a favorecer el desarrollo científico y tecnológico, y a transformar el ámbito universitario. Pero aún continuarían tradiciones centro-europeas como el difusionismo histórico-cultural en su variante vienesa, que explicaba la pluralidad cultural como producto de la dispersión de bienes culturales desde ciertos centros al resto del mundo por difusión.

En este contexto Alberto Rex González en el Valle de Hualfín, adoptará un enfoque neoevolucionista, donde la arqueología puede reconstruir la tecnología y el medio ambiente de una cultura. A partir de esta información, también puede determinar cómo era el resto de rasgos clave de la cultura, y elabora modelos explicativos o conocido como secuencia maestra. Esta nueva forma de hacer arqueología va a tener un fuerte impacto en la provincia de Catamarca.

El acceso a una bibliografía constituida por los trabajos de varios de los arqueólogos de mayor notoriedad que por entonces moldeaban el cambio de ideas en las academias arqueológicas de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, coadyuvó a que los noveles arqueólogos iniciaran un lento despegue de su herencia histórico-cultural. Los investigadores más destacados, serán Aschero 1976/77, quien proponía “revisar y replantear la utilidad de las descripciones tipológicas en el marco del análisis cultural prehistórico; por otro lado, Raffino, Kriscautzky y Tarragó, con los estudios de los desarrollos regionales e incaicos; Sempé continuaría las investigaciones con González en valle de Hualfín y Tinogasta.

La arqueología practicada en el decenio 1970/1980 sufrió restricciones institucionales y prohibiciones que delimitaron la práctica de campo y la discusión teórica, fue precisamente durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

Con la apertura democrática de 1983, la arqueología y otras ciencias sociales emprendieron un balance y estado de situación de sus respectivos desarrollos disciplinares. La New Archaeology ingresaría a la Argentina expresando una creciente necesidad de revisión crítica de los concep­tos y las nociones en uso. Las nuevas argumentaciones reordenaron las categorías (atributos, artefactos, culturas y grupos culturales) em­pleadas por los arqueólogos contemporáneos y se cristalizaron en los trabajos de los anglosajones Lewis Binford (1962 y 1965) de Estados Unidos y David Clarke (1968) de Inglaterra, artífices de dicho cambio paradigmático.

Ya en el siglo XXI, la arqueología en Catamarca va a tener una carrera universitaria consolidada, generando graduados con diversos marcos teóricos, posicionamientos políticos e ideológicos; en los cuales se discute la arqueología como productora de conocimiento y reproductora de lógicas hegemónicas, así como otras corrientes vinculadas a la producción de conocimiento, teniendo en cuenta las comunidades locales y a favor de la multivocalidad en relación con su construcción identitaria, patrimonio y sus territorios.

De esta manera, en estos 200 años de autonomía, la arqueología se volvió tan diversa y controversial. Lejos de ser solo una ciencia que estudia el pasado, se convierte en una ciencia que participa del presente y estimula las esperanzas del futuro de las comunidades.

Fuente: P12

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